Érase una vez una princesa que vivía en una isla. Como en muchas islas, la gente se movía despacio, más tranquila que en otras partes. Los días y las noches transcurrían sin apenas variar. La princesa se aburría, buscaba cambios, buscaba vida pero no la encontraba en ningún rincón de la isla. Un día, se armó de valor y se echó al mar, apenas con un madero, a la deriva... Al principio, recordaba cómo nadar, lo había hecho todos los días de su existencia. Luego se dio cuenta que, mar adentro, no sólo había que saber flotar y nadar medianamente sino que, además, había que lidiar con el frío del agua y de la noche, los seres vivos rebeldes del mar. Tras un tiempo, la princesa llegó a un gran foso en el mar. Era como si hubieran cortado el mar: se hallaba ante la gran fosa abisal. La princesa sabía que había peligros ahí abajo, sabía que ya el mismo salto era un peligro en sí, que podía hacerse daño... aun así, saltó. Tras el salto, sus pulmones se llenaban inexorablemente de agua, no veía nada, no había luz, no alcanzaba a sujetarse a nada. No había peces alrededor, no había nadie que pudiera ayudarla... se hundía, se hundía... Cansada y asustada, con el cuerpo adolorido y al borde de la sinrazón, la princesa abrió los ojos para comprobar que, incluso ahí abajo, en esa oscuridad, en ese frío, en ese silencio, en esa soledad... había seres que vivían: ¡la vida seguía presente! Y fue así como la princesa empezó a esbozar una sonrisa y comenzó a mover brazos y piernas: comenzó a nadar hacia arriba. Al contrario como había sucedido en el descenso, le costó alcanzar la superficie pero una vez allí ya no le bastó el madero que antes apenas la sujetara. Así que, sin pensarlo dos veces comenzó a fabricar, suspendida en su propio cuerpo, un barquito, chiquito aunque cómodo para ella. Luego se dio cuenta que podía albergar a más gente en el barquito, que podía invitarlos a compartir un trozo de su largo navegar. Y así pasaron los días y los años, la princesa gozaba de su tranquilidad, de la paz del mar y de las tormentas, segura en su valentía, tranquila porque su barca, incluso con mal tiempo no se giraba y, si temblaba apenas, volvía a ponerla de nuevo bien y seguía adelante.
Pero un buen día, la princesa mientras estaba nadando se encontró con unos seres que no solo flotaban sino que además...¡daban saltos tan espectaculares! Eran animales grandes y fuertes - le contaron luego que además también tenían muchos años - que emitían sonidos y chapoteaban felices en el mar. Durante unas semanas, la princesa no podía hacer otra cosa que admirarlas y probar a saltar mas no conseguía imitarlas, ni siquiera conseguía adquirir un estilo propio de salto. De repente, una tarde logró sentir en su pecho mojado una inmensa luz que comenzó a emitir potentes rayos hacia afuera. Solo así logró la princesa dar un pequeño saltito. Loca de contenta, comenzó a bailar y a cantar y los peces de alrededor bailaron con ella, junto a ella. La princesa había descubierto cómo saltar y estaba dispuesta a perfeccionar el salto. Apenas se decidió, vislumbró un pedazo de mar donde había pasado unos días y se dijo que aquel sería el lugar donde practicar lo aprendido y aprender a hacer tirabuzones.
Cuentan que desde entonces la princesa está feliz y tranquila, sabiendo que en el mar de su vida se avecinaba un paraíso de olas, espumas y sabores nuevos.
En el mar de la vida, que está en continuo movimiento... yo soy como el agua, formo remolinos y olas suaves. En el mar de mi vida se avecina un cuarto oleaje que estoy dispuesta a surfear...